| El señor LERMA BLASCO: Muchas
gracias, señor presidente.
Quiero empezar, como todos ustedes, por supuesto, dando la bienvenida a
Juan José Laborda y decirle que en el Grupo Socialista siempre nos hemos
sentido acompañados por su presencia, de manera que su escaño ha estado
siempre lleno entre nosotros. Muchas gracias, Juanjo.
Vamos a aprobar, a dar el sí al Tratado de la Constitución europea. Y no
siempre empezamos de forma correcta, porque habitualmente estamos
insistiendo, quizá demasiado, en lo que han sido nuestras aportaciones a
esa Unión y posiblemente no insistimos en el proyecto colectivo que
representa, que es lo que seguramente traería más atención para los
ciudadanos. Más que reconocernos nuestros propios méritos, probablemente
deberíamos pensar en qué supone para los ciudadanos europeos esta
Constitución y esta Europa.
Y vamos a dar el sí al tratado por el que se establece una Constitución
Europea después de que el Congreso lo haya aprobado por inmensa mayoría
y de que los ciudadanos y ciudadanas españoles lo hayan ratificado
también por amplia mayoría, dotándolo así de una superior legitimidad
democrática.
Debemos al presidente del Gobierno la iniciativa de haber convocado un
referéndum para la ratificación y a los grupos parlamentarios su
consentimiento para hacerlo posible. Es justo, pues, que lo
reconozcamos, así como también que celebremos el hecho de haber
manifestado previamente el Gobierno su voluntad de sentirse
políticamente obligado por el resultado, aunque se tratara de un
referéndum consultivo. La mejor forma de superar los recelos sobre el
déficit democrático de la Unión, del que tantas veces se ha hablado, es
precisamente pedir la opinión a sus ciudadanos, solicitar, fomentar y
conseguir su participación activa en el proceso de ratificación.
Y hablando precisamente de ratificación, ¿qué es lo que ratificamos?
¿Para qué estamos pidiendo el voto favorable
esta tarde? ¿Para un tratado internacional o para una constitución? Se
ha discutido mucho, pero desde el punto de vista del Derecho, por la
forma de adopción, ratificación y, en su caso, de la revisión prevista,
es, sin duda, un tratado internacional. Pero es un tratado internacional
con efectos claramente constituyentes. Es, pues, claramente, una
constitución de una nueva forma de unión política. Por la personalidad
jurídica que se le concede a la Unión, pero también por el modelo
político, los valores y los objetivos, la Carta de derechos
fundamentales, la primacía del Derecho comunitario, estamos haciendo
referencia claramente a una constitución.
Y es precisamente esta nueva forma de unión política la que retoma los
valores iniciales de la creación de la Unión, aquella que empezó
gestionando en común el carbón y el acero y luego la energía nuclear
naciente, que eran los instrumentos tradicionales de las guerras, para
construir una Europa en paz duradera, como nunca había conocido a lo
largo de su historia.
El bienestar de una Europa devastada por la guerra, la imperiosa
necesidad de hacer alimentos llevó a Europa a una política agraria
común, que tuvo tal éxito que pronto nos transformamos en una productora
de excedentes, que, sin duda, hubo que reformar. Y a medida que surgían
los nuevos problemas, como por ejemplo los medioambientales --de los que
se empezó a hablar muy tempranamente-- o los de seguridad, se fueron
poniendo políticas en común, cuyo éxito nos ha llevado sin duda a la
actual ampliación, y por lo tanto a la necesidad de la reforma.
Nunca hubo exclusivamente un proyecto económico europeo; siempre ha
habido un proyecto político para la paz, para la seguridad, para la
solidaridad, para los ciudadanos, en definitiva. El proyecto económico
europeo terminó en 1973, con el ingreso de Gran Bretaña en la Unión
Europea. Allí terminaron los sueños de hacer una Europa solamente
económica. Es importante el salto cualitativo que damos ahora; es muy
importante: le vamos a poner cara a la Unión Europea. Vamos a tener un
presidente del Consejo no rotatorio, sino por un período de tiempo
suficiente; vamos a tener un ministro, o, más bien, un ministerio de
Exteriores; vamos a tener unas políticas comunes que se han demostrado
claramente necesarias en este proceso nuevo. La legitimación de esta
nueva Europa viene ahora de los Estados, pero también de sus ciudadanos.
En este camino recorrido, seguramente con muchas críticas, han sido muy
importantes las instituciones creadas por la Unión, y singularmente un
Parlamento Europeo por sufragio universal, que nació prácticamente sin
haberlo esperado, y que ha hecho sin duda que el impulso a los avances
que hemos obtenido en este momento haya sido mucho menos limitado de lo
que hubiéramos llegado a pensar. Por ello, al Parlamento Europeo y a
todas las instituciones europeas que han tenido un funcionamiento en
común que ha hecho ciudadanía europea, en definitiva, hay que
reconocerles su aportación. Y hay que reconocer su aportación también a
la Convención, si se me permite hablar de esa novedad política que,
agrupando al Parlamento Europeo, a la Comisión, a los gobiernos y a los
parlamentos nacionales, y consultando a las organizaciones sociales, y
especialmente a sindicatos y empresarios, ha aportado eficacia y
legitimidad al proceso constituyente. Me permitirán ahora que, en esta
Cámara, singularice mi reconocimiento en una persona de la oposición: el
senador don Alejandro Muñoz-Alonso, activo miembro de la Convención.
Para este nuevo mundo más interdependiente, surgido del fin de la
política de bloques, para la paz, la seguridad, la solidaridad y el
bienestar, hacía falta una voz europea potente que, a la vez, respetara
la diversidad e hiciera compatible la ciudadanía europea con la
pertenencia a Estado, comunidad o ciudad; en definitiva, con la
diversidad. A esta doble necesidad de dar respuesta ha acudido la
Constitución. Como también da respuesta esta Constitución a la igualdad
entre hombres y mujeres o a la solidaridad. Por eso hemos pedido el sí a
los ciudadanos y ciudadanas, y por eso lo pedimos también en esta
Cámara, y lo seguiremos pidiendo hasta el final.
Ha habido tradicionalmente, en determinados sectores de la opinión
pública española, poca convicción en la idea de Europa. Se trata de
sectores especialmente conservadores, que se han resistido a la
modernización de España, y que quizá hubieran deseado un resultado
diferente en el referéndum de aprobación: quizá un sí más ajustado, o
quizá incluso una mayor abstención, por razones que podríamos llamar de
política interna y, desde luego, por poner freno al proceso de
modernización.
Sin embargo, el comportamiento de los ciudadanos y ciudadanas españoles
no ha dejado lugar a dudas, por mucho que se quiera forzar la
interpretación: han apostado por vincular su proyecto de futuro a la
Europa unida. Nuestro deseo es que compartamos todos el éxito del
referéndum después de haber compartido el sí o incluso después de haber
defendido el no, y que nadie se pueda sentir perdedor en este
referéndum, porque el resultado no es sólo positivo para España o la
Europa de los veinticinco, seguramente también va a influir en una
realidad mucho mayor, en la de todos aquellos que esperan que el
crecimiento esté al servicio de los ciudadanos y ofrezca a todos su
propia oportunidad.
Por eso, confiamos y pedimos el sí a nuestros socios europeos y estamos
convencidos de que este proceso acabará felizmente y de que en las
fechas previstas entrará en vigor esta Constitución. Europa la necesita
y el mundo, especialmente la parte más desfavorecida, más necesitada de
este mundo desigual e injusto necesita una Europa fuerte, unida,
cohesionada y solidaria; una Europa que siga siendo el principal agente
de cooperación internacional y ayuda al desarrollo del mundo.
Señorías, es esta nuestra aspiración, es esta nuestra meta y por ello,
con entusiasmo y esperanza, vamos a votar sí y solicitamos también un sí
a toda la Cámara en esta ocasión.
Nada más y muchas gracias. (Aplausos.)
El señor PRESIDENTE: Gracias, señoría.
Tiene la palabra el presidente del Gobierno.
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